The Rhetoric of Participation and Power Struggles in Spain’s New Administrations – A new essay

 

We share below a new essay by Ernesto Ganuza and myself in Bez, a Spanish periodical.  The original is here

  Retórica participativa y juegos de poder

En Madrid, el nuevo Gobierno acaba de abrir un proceso participativo para preguntar a sus habitantes cómo debe ser el futuro de uno de sus rincones más emblemáticos, la Plaza de España. Harán una encuesta a la población para establecer las condiciones de la obra y después una votación entre los proyectos urbanos finalistas.

Ernesto Ganuza y Gianpaolo Baiocchi

Ernesto Ganuza es investigador del IESA/CSIC y Gianpaolo Baiocchi es profesor en la Universidad de New York.

Plaza de España, Madrid

Plaza de España, Madrid

En Alicante, el nuevo gobierno va a preguntar a la población cómo gastar una parte del presupuesto, como quieren hacer en A Coruna o ya están haciendo los nuevos ediles de Badalona. Muy cerca, en Barcelona tienen pensado organizar cientos de grupos de discusión con sus habitantes para elaborar un plan estratégico. Y el municipio de Getafe va a retomar de nuevo los presupuestos participativos que tenían hasta el 2011, cuando el gobierno del PP ganó la alcaldía y decidió entonces parar la experiencia. Desde las últimas elecciones municipales se multiplican las ofertas participativas. Es como si la política se hubiera vuelto de repente hacia el ciudadano.

El mapa electoral que salió de las elecciones municipales del 2015 ha cambiado por completo el color de muchas alcaldías, que pasan a ser gobernadas por los nuevos partidos surgidos de las protestas, IU o los socialistas. Este terremoto no es nuevo, ya pasó en las elecciones del año 2011, pero a la inversa. Entonces fue el Partido Popular el que alcanzó la alcaldía de innumerables municipios, gobernados por la izquierda. Los dos momentos dibujan dos formas distintas de hacer la política local. Con el ciudadano o sin él. Si votar tiene implicaciones, estas se multiplican al considerar la participación. Durante el periodo 2011-2015 muchos municipios bajo el mandato del PP abandonaron sus proyectos participativos, mientras que ahora muchos de esos municipios los retoman o inician nuevos proyectos.

Referente europeo

Si en los próximos años es más que seguro que asistamos a una proliferación de experiencias participativas extraordinaria, no será  algo del todo nuevoHasta el año 2011, España era un referente europeo en cuestiones participativas. No había país en el continente en el que encontráramos tantas experiencias y, sobre todo, en las que buena parte la ciudadanía decidiera directamente sobre las políticas públicas. Cuatro años después, los nuevos partidos, que llevan la participación en su ADN, y las viejas guardias de la izquierda van a retomar esa senda. Hay ingredientes nuevos. Antes no existían Ganemos, las MareasAhora Madrid o Barcelona En Comu, cuya retórica sobre participación es más genuina y es previsible que sus proyectos impacten significativamente sobre lo que se hace en el resto de municipios. La novedad siempre genera imitadores. No obstante, intuimos que esta re-emergencia volverá a traernos otra vez las tensiones que fueron habituales entonces y que llevaría, por ejemplo, a la misma alcaldía de Córdoba que impulsó el presupuesto participativo en el 2001 a dejarlo perecer por inanición unos años más tarde (2006).

En el fondo, la participación plantea conflictos serios para una tradición política basada en el saber de los profesionales y la representación. Su desarrollo suscita, por eso, muchas preguntas. La participación da miedo, la gente se imagina hordas de individuos decidiendo sobre cuestiones centrales de forma caótica o estúpida. De ahí que, primero, se pregunte retóricamente si la gente está o no preparada para decidir. Pero no solo se alude a cuestiones de conocimiento, surge también un problema con las principales categorías que ordenan nuestro espacio político. ¿Quién habla por la ciudadanía, todos o solo sus representantes en la sociedad civil? Si deciden los ciudadanos ¿qué van a hacer entonces los políticos? ¿Y los técnicos? ¿Pasan a un segundo plano?

Todas estas cuestiones condicionan significativamente el alcance de la participación. No por falta de respuestas, sino por miedo a ellas. En la mayoría de los casos las experiencias participativas son diseñadas para neutralizar esos miedos. Si es difícil, por ejemplo, que un gobierno municipal hoy diseñe una experiencia que no implique participación directa, también lo es que la mayoría, por no decir todas, se orientaran a decidir cuestiones menores (como pequeñas infraestructuras) con tal de cercenar a un espacio delimitado el posible radio de acción de la participación, no vaya a ser que contamine la estructura. No creo que vayamos a ver a la gente decidir sobre si suben o bajan los impuestos locales o sobre el nuevo Plan General de Ordenación Urbana. Y no es que no se pueda o no se sepa, sino que no se quiere. Eso significaría enfrentar directamente la cuestión de la representatividad, del papel de los técnicos en la sociedad del conocimiento o de las asociaciones en una nueva era participativa. Sería ir pensando en una ciudadanía soberana. Aun así, por delimitadas que sean las experiencias, los ciudadanos van a debatir y decidir, lo cual plantea incluso a pequeña escala serios problemas a una administración pensada para otra cosa.

Fricciones

El primer elemento de fricción serán los políticos. Aunque una experiencia participativa sea impulsada por un Ayuntamiento, esto no quiere decir que todos los miembros de ese gobierno tengan la misma sintonía respecto a la participación. En épocas pasadas ha ocurrido lo contrario muy a menudo. Aquí, si muchos de los impulsores de los procesos defienden el hecho de que la ciudadanía decida, porque mejora la convivencia, la gestión o el sistema político, muchos otros lo entienden como una competencia a su trabajo y dudan de las bondades que se pueden esperar de los procesos participativos. El segundo elemento de fricción serán los participantes. Las nuevas experiencias se dirigen por lo general a toda la ciudadanía, lo que provoca más de una crisis sobre el derecho a decidir. Muchas asociaciones en las ciudades, que suelen participar ya de forma regular en órganos de gestión municipal, no suelen ver con buenos ojos esa llamada general a un ciudadano que vinculan con el individualismo (si no están asociados es que son egoístas) y la falta de conocimiento para tratar cosas públicas. Es también una competencia y para muchos de sus representantes una forma de ningunear las asociaciones. Y el tercer elemento tiene que ver con los técnicos y su papel en un proceso en el que serán los ciudadanos quienes decidan. Para muchos la participación será una carga extra de trabajo, porque aparte de sus tareas tendrá que atender otras nuevas, que son poco habituales (como hablar directamente con los participantes o evaluar sus propuestas), y en muchos casos las vivirán como una degradación de su figura de experto.

 Que alguien no participe porque no quiera, pero no porque no se entere, se dice

Como vemos, la participación plantea una lucha cruda por el poder, algo que muchos Ayuntamientos intentan evitar y tienen en cuenta a la hora de diseñar los procesos participativos. Quizá sea por esto por lo que habitualmente los expertos y los técnicos reducen la participación a lo que pasa dentro de los espacios participativos, como si no tuviera nada que ver con lo que hay fuera. Por ejemplo, una de las mayores preocupaciones de los Ayuntamientos es alcanzar un número alto de participantes, como si solo eso pudiera ser una expresión de éxito y calidad. Esto conduce a muchos departamentos municipales a contratar campañas de publicidad novedosas y onerosas para capturar la atención de la ciudadanía. Que alguien no participe porque no quiera, pero no porque no se entere, se dice. Sin embargo, no se ponen tantos esfuerzos en pensar las reformas necesarias para que el desarrollo de las experiencias participativas sea más fluido en el seno de la administración. Considerando la participación de los municipios más exitosos antes del 2011, por mucha campaña que se haga, aquella no suele ser mayor al 1% de la población. En cambio, si el Ayuntamiento no ejecuta las propuestas o estas se demoran injustificadamente en el tiempo, o entran en conflicto con otras prioridades técnicas o políticas y no se ejecutan, puede que el año que viene los participantes no repitan y se reduzca el número. La participación trae participación solo si lo que se hace interesa e impacta en la vida de las personas, con más o menos publicidad. Igual pasara con la participación digital. El problema es que muchos piensan la participación como un espacio cándido, en el que la gente disfruta por el simple hecho de participar. Para eso la gente se queda en su casa. Participar es hacer política y no cursos de macramé.

La retorica participativa que vivimos piensa que la participación es necesaria para evitar los males de la democracia. Hay foros, congresos, seminarios y expertos hablando sobre experiencias y herramientas. Los nuevos partidos han llegado incluso con una actitud más abierta a la participación. Sin embargo, nos tememos que sin tocar o reformar las rutinas habituales de la administración, los procesos participativos seguirán siendo periféricos y seguirán contando participantes como si eso diera pistas de su excelencia. Todo esto hace que sea fácil que un cambio de gobierno se lleve por delante el trabajo hecho y veamos una y otra vez recomenzar procesos participativos.

Administración participativa

Nos olvidamos muy a menudo que participar no tiene que ver solo con escuchar a los ciudadanos. Tiene mucho que ver también con hacer una administración participativa, lo que requiere hábitos y practicas distintas. El gran reto será precisamente ese, reconvertir una administración diseñada para otras cosas en una administración capaz de trabajar junto a la ciudadanía. Si la expansión participativa pretende construir los puentes entre la política y la sociedad, la desconexión de la participación respecto a la administración puede convertir ese empeño en fuegos fatuos. En otras palabras, si la participación tiene alguna oportunidad de tener una presencia duradera  será cuando esté vinculada a la forma en que trabaja la administración. De otra manera, la participación siempre será periférica a la política, lo que no resuelve ni los problemas de la democracia, ni la necesidad que tiene la política de justificar públicamente sus decisiones.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s